Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Llevo siete días viviendo de una manera muy curiosa y encantadora. Es de una regularidad tan continua que me es imposible recordar nada, de no ser la impresión. Me acuesto muy tarde y me levanto lo mismo. Oscurece temprano, y vivo al fulgor de las antorchas, o más bien de mi lámpara. No oigo ni un paso, ni una voz humana, no sé lo que hacen los criados, me sirven como sombras. Ceno con mi perro; fumo mucho, me caliento de firme y trabajo duro: ¡es soberbio! Aunque mi madre apenas me molesta habitualmente, siento no obstante una diferencia y puedo, de la mañana a la noche y sin que ningún incidente me estorbe, por ligero que sea, seguir la misma idea y dar vueltas a la misma frase. ¿Por qué siento este alivio en la soledad? ¿Por qué me encontraba tan alegre y tan bien (físicamente) en cuanto entraba en el desierto? ¿Por qué de muy niño me encerraba a solas en un piso durante horas? La civilización no ha desgastado en mí el instinto del salvaje, y a pesar de la sangre de mis antepasados (a quienes ignoro totalmente, y que eran, sin duda, gente muy honrada), creo que hay en mí algo de tártaro y de escita, de beduino, de piel roja. Lo que es seguro es que hay algo de monje. Siempre he admirado mucho a esos buenos tipos que vivían solitariamente, bien en la borrachería o bien en el misticismo. Era una buena bofetada que propinaban a la raza humana, a la vida social, a lo útil, al bienestar común. ¡Pero ahora! El individualismo es un crimen. El siglo XVIII negó el alma, y tarea del XIX será quizá matar al hombre. Mejor reventar antes del final, pues creo que lo lograrán. ¡Cuando pienso que casi toda la gente que conozco se asombra del modo en que vivo, que a mí me parece ser el más natural y el más normal! Esto me induce a reflexiones tristes sobre la corrupción de mi especie, pues es una corrupción el no bastarse a sí mismo. El alma debe ser completa en sí. No hay necesidad de escalar las montañas o de bajar al río para buscar agua. En un espacio del tamaño de la mano, clavad la sonda y golpeadla: brotarán manantiales. El pozo artesiano es un símbolo, y los chinos, que lo han conocido siempre, son un gran pueblo.


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