Cartas a Louise Colet

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Si te atuvieras a estos principios, querida Musa, llorarías menos y no estarías ahora corrigiendo otra vez La sirvienta. Pero no, te aferras a la vida; quieres hacer resonar ese estúpido tambor que en todo momento te revienta en la mano, y cuya música sólo es bella en sordina, cuando se aflojan las cuerdas en vez de tensarlas. A ti te gusta la vida; eres pagana y meridional; respetas las pasiones y aspiras a la felicidad. ¡Ah!, eso estaba bien cuando se llevaba púrpura a la espalda, cuando se vivía bajo un cielo azul y cuando, en una atmósfera serena, las ideas, recién nacidas, cantaban bajo formas nuevas, como gorriones alegres bajo un follaje de abril. Pero yo odio la vida. Soy católico; tengo en el corazón algo del rezumar verde de las catedrales normandas. Mis ternuras de espíritu van a los inactivos, a los ascetas, a los soñadores. Me fastidia vestirme, desvestirme, comer, etc. Si no temiese al haschich, me atiborraría de él en vez de pan, y si me quedasen aún treinta años de vida, los pasaría así, tumbado de espaldas, inerte y en estado de leño. Había creído que me harías compañía en mi alma, y que en torno a nosotros dos habría un gran círculo que nos separaría de los demás. Pero no. Tú necesitas las cosas normales y apreciadas. Yo no soy «como debe ser un amante». En efecto, poca gente me encuentra «como debe ser un joven». Necesitas pruebas, hechos. Me quieres enormemente, mucho más de lo que me han querido nunca, y de lo que me querrán. Pero me amas como me amaría otra, con la misma preocupación por los planos secundarios, y las mismas miserias incesantes.


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