Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet A propósito de hombres, permíteme que te cite de inmediato, no vaya a olvidarlas, dos pequeñas anécdotas amables. Primer hecho: en Ruán, en el depósito, han expuesto a un hombre que se ahogó con sus dos hijos atados al cinturón. La miseria aquí es atroz. Bandas de pobres empiezan a recorrer el campo por las noches. En Saint-Georges, a una legua de aquí, han matado a un gendarme. Los buenos campesinos empiezan a temblar dentro de su pellejo. Si les sacuden un poco, no pienso llorar. Esa casta no merece compasión alguna. Está llena de todos los vicios y todas las ferocidades. Pero sigamos. Segundo hecho, y que demuestra que los hombres son hermanos. Estos días, en Provins, han ejecutado a un joven que había asesinado a un burgués y una burguesa, violado a la criada in situ y engullido toda la bodega. Pues para ver guillotinar a aquel excéntrico, llegaron a Provins desde la víspera más de diez mil personas del campo. Como las posadas no eran suficientes, muchos pasaron la noche al raso y durmieron en la nieve. Tal era la afluencia que faltó el pan. ¡Oh, sufragio universal! ¡Sofistas! ¡Charlatanes! ¡Declamad contra los gladiadores, y habladme del progreso! ¡Moralizad, haced leyes, planes! ¡Reformadme a la bestia feroz! Aunque arrancarais los caninos del tigre, y no pudiera comer más que papilla, siempre le quedará su corazón de carnicero. Así asoma el caníbal bajo el chaquetón popular, como el cráneo del caribe bajo el gorro de seda negra del burgués. ¿Qué coño nos importa todo eso? Nosotros cumplamos con nuestro deber. ¡Que la Providencia cumpla con el suyo!