Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Pues sÃ. Eso es. Lo has adivinado. Es porque estoy persuadido de que, si te viera, serÃa muy frÃa contigo, poco correcta, como dices, por lo que no quiero que os veáis. Además, no me gusta esta confusión, esta alianza de dos afectos de origen diferente (por lo que a ella respecta, puedes imaginarte a la mujer en función de este rasgo: no irÃa, sin invitación, a casa de su hijo mayor). Y además, ¿a tÃtulo de qué irÃa a tu casa? Cuando te habÃa dicho que irÃa, yo habÃa vencido, para agradarte, un gran obstáculo y habÃa parlamentado durante varios dÃas. Me lo tuviste en cuenta y viniste, sin venir a cuento, a reanudar algo irritante, algo que me es antipático, y que habÃa exigido esfuerzo. Tú rompiste la primera. Tanto peor. Además, te lo suplico una vez más, no te metas en eso. Cuando se presenten el tiempo y la ocasión, sabré lo que debo hacer. Encuentro extraña tu persistencia en esta cuestión. Pedirme siempre el conocer a mi madre, que te presente en su casa, que vaya ella a la tuya, me parece tan raro como si ella quisiese, a su vez, que yo no fuera a tu casa, que dejase de tratarte, porque, porque, etc. Y te juro que si a ella se le ocurriese abrir la boca sobre esos asuntos, no tardarÃa en volverla a cerrar. Otra cuestión, a saber, la financiera. No estoy enfadado en absoluto. No me rajo. No oculto en absoluto mi dinero (cuando lo tengo), y poca gente hay con renta tan floja como yo que parezca tan rica (parezco rico, es cierto), ¡y es una desgracia, pues puedo pasar por avaro! Pareces considerarme como un roñoso, porque no ofrezco, cuando no me piden. Pero ¿cuándo he negado? (No se saben, a veces, todas las molestias que he sufrido para complacer a los demás.) ¿Que no tengo esos arranques de generosidad que deberÃa uno tener espontáneamente, dices? Pues yo digo que no es verdad, y que soy capaz de ello. Pero sin duda me engaño extrañamente. ¿No afirmaba también Du Camp que yo tenÃa oxidados los cordones de la bolsa?