Cartas a Louise Colet

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No, no he ido demasiado lejos contra De Lisie, ya que, después de todo, no he dicho nada malo de él; pero he dicho y sostengo que su acción al piano me indignó. He reconocido ahí a un vanidoso taciturno. Este chico no hace arte exclusivamente para él, puedes estar segura. Querría que todos sus poemas pudieran ser puestos en música y cantados, y berreados, y hechos gorgoritos en los salones (luego se dará como disculpa a sí mismo que los poemas de Homero eran cantados, etc.). Esto me exaspera; no le he perdonado esa prostitución. En mi ferocidad no has visto más que un antojo excéntrico. Te aseguro que me ha herido en poesía, en música y en él mismo, al que apreciaba, pues aunque me acusas de no haber tenido nunca ni un «impulso de corazón en mi vida», soy al contrario, un papanatas que nunca admira por partes. Cuando encuentro la mano hermosa, adoro el brazo. Si un hombre ha hecho un buen soneto, ya es amigo mío, y luego lucho contra mí mismo y no quiero creerme aunque haya descubierto la verdad. Leconte puede ser un muchacho excelente, no tengo ni idea; pero le he visto hacer una cosa (insignificante en sí, de acuerdo) que me pareció, en el orden artístico, lo que es el sudor de pies al orden físico. Apestaba, y los trinos, gamas y octavas que dominaban su voz hacían como las mallas de ese sucio calcetín armónico por donde manaba beatíficamente aquel flujo de vanidad nauseabunda. ¿Dónde estaba la pobre poesía, en medio de todo aquello? Pero ¡había señoras! ¿No había que ser amable, acaso? ¡El espíritu de sociedad, caramba!


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