Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Dios te había destinado a igualar, si no a sobrepasar, lo más fuerte que hay ahora. Nadie ha nacido como tú. ¡Y, con la mejor buena fe del mundo, te ocurre a veces el poner versos detestables! Lo mismo en el campo sentimental. No ves, y tienes injusticias sobre las que uno se calla, pero que hacen daño.
¡Todo esto no son reproches, pobre Musa querida, y si lloras, que mis labios sequen tus lágrimas! Querría que te barriesen el corazón, para expulsar de él todo el polvo viejo.
He querido amarte y te amo de una manera que no es la de los amantes. Habríamos puesto todo sexo, toda decencia, todos los celos, toda cortesía (todo lo que es como sería con otra persona) a nuestros pies, bien abajo, para hacernos un zócalo, y, subidos sobre esa base, habríamos planeado juntos por encima de nosotros mismos. Esas grandes pasiones, no digo las turbulentas, sino las elevadas, las anchas, son aquellas a las que nada puede perjudicar y en las que pueden moverse otras varias. Ningún accidente puede perturbar una Armonía que abarca en sí todos los casos particulares; en semejante amor habrían podido caber incluso otros amores: ¡habría sido todo el corazón!