Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Me quieres mucho, sÃ, lo sé; tendrÃa que ser muy malvado y muy estúpido para no sentirlo, para no corresponderte. El otro dÃa me admirabas. (SÃ, leÃa la admiración en tus ojos; ¿qué leÃas en los mÃos?) Me encontraba fuerte y ardiente. Pues bien, ahora me parece que estaba frÃo, que habrÃa podido colmarte de más caricias y ardores y que, a la primera ocasión, borraré el recuerdo de esta noche como ésa habÃa borrado el de la anterior. ¿No dudas ya de mÃ, verdad, querida Louise? Estás segura de que te quiero, de que te querré aún durante mucho tiempo. Y no te hago juramentos, no te prometo nada. Conservo mi libertad, como tú la tuya, y «cuando empieces a dejar de gustarme, no te lo haré sentir con excesiva dureza»; son expresiones tuyas.
¡Oh, pobre mujer! No sabes cuánto me ha conmovido eso. Mira, creo, al contrario, que empiezas a gustarme más. Recuerdo tu rostro bajo tu pañuelo de noche, con tus dos rizos, cuando estabas sobre mÃ, suspendida sobre mÃ… te brillaban los ojos, te temblaba la boca, te castañeteaban los dientes… y la cálida suavidad de tu cuerpo cuando lo sentà por primera vez, acostados uno junto al otro. ¿Recuerdas la embriaguez que sentÃ? Adiós, recibe aquà todos mis besos, los que te he enseñado, dijiste, los que quisiera dedicar ahora a cubrir todos tus miembros. Me imagino que estás aquà y que desfalleces bajo su presión… Adiós, en tus labios, mi amor. […]