Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Estoy triste, aburrido, horriblemente fastidiado. Vuelvo a estar, como hace dos años, con una sensibilidad dolorosa. Todo me hace daño y me desgarra; tus dos últimas cartas me hicieron latir el corazón casi hasta romperse. Me conmueven tanto cuando, al desdoblarlas, el perfume del papel me sube a la nariz y el aroma de tus frases acariciadoras me penetra en el corazón. No abuses de mí; ¡me das vértigo con tu amor! Sin embargo, hemos de persuadirnos de que no podemos vivir juntos. Hay que resignarse a una vida más chata y más pálida. Quisiera ver cómo te habitúas a ello, cómo mi imagen, en vez de quemarte, te da calor; cómo te consuela en vez de desesperarte. ¿Qué quieres? Querida amiga, ha de ser así. No podemos estar siempre en esas convulsiones del alma cuya muerte son los abatimientos que las siguen. Trabaja, piensa en otra cosa; tú que tienes tanta inteligencia, usa algo de ella para tranquilizarte. Yo estoy ya sin fuerzas. Sentía tener suficiente valor para mí solo; ¡pero para dos! Mi oficio es sostener a todo el mundo, y estoy roto. No me aflijas más con tus arrebatos, que hacen que me maldiga a mí mismo, sin ver remedio, no obstante.