Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Te reirás de todo eso. Yo me río también, y me encuentro de un ridículo supremo. He querido corregirme; imposible. Empeora en vez de disminuir. Soy de una codicia excesiva, a la vez que no tengo apego a nada. Vendrían a comunicarme que ya no tengo un céntimo, y no por eso dejaría de dormir esa noche. En cuanto a la envidia y los celos, son dos sentimientos de los que, si me sondeo bien, no veo rastro en mí. A menudo he gozado con la felicidad de los demás; afligirme por ella, nunca. Pero mi debilidad es una necesidad de dinero que me asusta, es un apetito de cosas espléndidas que, al no ser satisfecho, aumenta, se avinagra y se convierte en manía. Me preguntabas el otro día en qué paso el tiempo con Du Camp. Durante tres días, hemos trabajado sobre el mapa un gran viaje a Asia que debería durar seis años, y costamos, tal como estaba concebido, tres millones seiscientos mil francos y pico. Lo arreglamos todo, compra de caballos, equipos, tiendas, paga de los hombres de escolta, ropas, armas, etc. Nos calentamos tanto la cabeza, que nos pusimos algo enfermos; sobre todo él, tuvo fiebre. ¿No es una tontería? Pero ¿qué hacer, si lo llevo en la sangre? ¿Es culpa mía? Me harían falta, sólo para vivir de soltero en París, unas treinta mil libras de renta. Jamás las tendré. Y como jamás seré capaz de ganar dos cuartos, me iré a vivir a algún rincón donde haga sol, lo que me servirá de abrigo. Y lo bonito del caso es que mi decisión está tomada de antemano. Sí, habría querido ser rico porque habría hecho cosas hermosas. Habría hecho Arte práctico, habría sido grande y atractivo. Habría resultado agradable conocerme; la gentuza me habría querido, los habría emborrachado todas las noches gustosamente. Los filántropos están contentos de sí mismos cuando le han dado un par de zuecos a un hombre que iba descalzo, y una sopa al que comía un trozo de pan duro. Yo habría hecho más: habría proporcionado placer a quienes están tristes, y prodigado lo superfluo a quienes tienen lo necesario. Axioma: lo superfluo es la primera de las necesidades. Cuando uno sale, busca los guantes antes que la cartera, que olvida antes que aquéllos. ¿Sabes en qué he pensado estos dos días? En dos muebles que querría mandarme hacer; el primero sería para colocarlo en un salón abovedado con la cúpula azul; es un diván de piel de cisne; y el segundo es un diván de plumas de colibrí. Ya es bastante para tenerme ocupado todo un día y entristecerme por la noche. No creas que soy perezoso, que me paso el día mirando el techo y pensando en todos estos ensueños. Por naturaleza, soy activo y laborioso. Leo, escribo, estoy ocupado. Pero tengo sobresaltos interiores que me arrastran a mi pesar. […]


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