Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Esta noche nos hemos visto singularmente turbados por una aventura cuyo lado grotesco no he podido desdichadamente saborear, pues estaba dormido y soñaba en el momento en que sucedió. Un sueño hermoso: estaba a la orilla del mar, en unos acantilados altos, en una gruta tapizada de varec y de fucos. No oí el ruido que hacían. Robaron en casa de mi cuñado, y los vecinos vinieron a avisarnos con linternas, bastones y paraguas para servirles de defensa. Mi cuñado dormía en nuestra casa; su hijita está enferma, y en su casa sólo estaba su criado, que sufrió tal alteración por el espanto, que rompió un cristal y quiso tirarse por la ventana. Parece ser que era muy divertido. El pobre diablo no es valiente: estaba loco de terror. Hay temperamentos alegres, ¿verdad? Aquí todo el mundo estaba aún preocupado por eso. Robaron un reloj y varios objetos, que después se encontraron en el jardín. Siento mucho que no me despertaran, no por ver al desgraciado (estilo periodístico), al que nadie vio, sino para examinar un poco el aire estúpido de la gente que lo buscaba. Ahí me he perdido una escena preciosa. Es la segunda de ese tipo que me pierdo. En Córcega teníamos como guía al jefe de los cazadores. Un día oímos de pronto dos disparos que parecían estarnos dirigidos. Nuestro hombre, que por su cargo estaba relacionado con todos los bandidos de la región, quedó convencido al momento, y nos dijo que nos mantuviésemos a distancia y camináramos tras de él. Avanzó, con la carabina apuntada y el dedo en el gatillo. Lo seguíamos a diez pasos, sujetando a nuestros caballos por la brida. Esto duró diez minutos, y no vimos nada en absoluto. Es una de las mayores mortificaciones que he sufrido. No soy de complexión heroica, pero el peligro me gusta bastante; me divierte, y está todo dicho. Aquella noche, el único peligro era coger un catarro, y no los agarro nunca.