La tentacion de San Antonio

La tentacion de San Antonio

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Cuando yo vivía en el templo de Heliópolis[156], consideraba a menudo lo que hay en las murallas: buitres que llevan cetros, cocodrilos que tocan la lira, rostros de hombres con cuerpos de serpiente, mujeres con cabeza de vaca prosternadas ante los dioses itifálicos[157]; y sus formas sobrenaturales me arrastraban hacia otros mundos. Hubiera querido saber lo que miran esos ojos tranquilos.

Para que la materia tenga tanto poder, es preciso que contenga un espíritu. El alma de los dioses está unida a sus imágenes…

Los que poseen la belleza de las apariencias pueden seducir. Pero a los demás…, que son abyectos o terribles, ¿cómo creerles?…

(Y ve pasar a ras del suelo hojas, piedras, conchas, ramas de árboles, vagas representaciones de animales, especies de enanos hidrópicos; son los dioses. Se echa a reír.

Se oye otra risa tras él; y se presenta HILARIÓN vestido de ermitaño, mucho más alto que antes, colosal).

ANTONIO.—(no está sorprendido de volver a verle).¡Qué bruto hay que ser para adorar estas cosas!

HILARIÓN.—¡Oh!, ¡sí, enormemente bruto!

(Entonces desfilan ante ellos ídolos de todas las naciones y de todas las edades, de madera, de metal, de granito, de plumas, de pieles cosidas.


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