La tentacion de San Antonio
La tentacion de San Antonio Los más viejos, anteriores al Diluvio, desaparecen bajo algas que cuelgan como si fueran crines. Algunos, demasiado altos para su base, crujen en sus junturas y se rompen los riñones al andar. Otros derraman arena por los agujeros de sus vientres.
ANTONIO e HILARIÓN se divierten sobremanera. Se desternillan de risa.
Luego, pasan Ãdolos con perfil de oveja. Titubean sobre sus piernas zambas, entreabren los párpados y balbucean como mudos: «¡Ba!, ¡ba!, ¡ba!».
A medida que se van pareciendo a tipos humanos, irritan todavÃa más a ANTONIO. Les da puñetazos, patadas, se ensaña con ellos.
Se hacen espantosos, con altos penachos, ojos como bolas, brazos terminados en garras, mandÃbulas de tiburón.
Y ante esos dioses, degüellan hombres en altares de piedra; otros son triturados en cubas, aplastados bajo carros, clavados en árboles. Hay uno, de hierro rojo y cuernos de toro, que devora a los niños).
ANTONIO.—¡Horror!
HILARIÓN.—Los dioses siempre están reclamando suplicios. Incluso el tuyo ha querido…
ANTONIO.—(llorando): ¡Oh!, ¡no sigas, cállate!
(El cerco de rocas se transforma en un valle. Un rebaño de bueyes pasta la hierba cortada.