La tentacion de San Antonio
La tentacion de San Antonio ANTONIO.—¿Cómo?, ¡mis oraciones, mis sollozos, los sufrimientos de mi carne, los arrebatos de mi exaltación, todo eso estarÃa encaminado hacia una mentira… en el espacio…, inútilmente, como el grito de un pájaro, como un remolino de hojas muertas!
(Llora):
¡Oh!, ¡no! ¡Por encima de todo hay alguien, un alma grande, un Señor, un padre, al que mi corazón adora y que sin duda me ama!
EL DIABLO.—Tú deseas que Dios no sea Dios; porque si sintiera amor, cólera o piedad, pasarÃa de su perfección a una perfección más grande, o más pequeña. No puede descender a un sentimiento, ni contenerse en una forma.
ANTONIO.—¡Sin embargo, un dÃa le veré!
EL DIABLO.—Con los bienaventurados, ¿verdad?, ¡cuando lo finito goce de lo infinito, en un lugar reducido que encierre lo absoluto!
ANTONIO.—¡No importa, es preciso que haya un paraÃso para el bien, asà como un infierno para el mal!
EL DIABLO.—¿Acaso la exigencia de tu razón hace la ley de las cosas? ¡Sin duda, el mal es indiferente a Dios porque la tierra está cubierta de él!
¿Lo soporta por impotencia, o lo conserva por crueldad?