La tentacion de San Antonio

La tentacion de San Antonio

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La arena, por la mañana, humeaba en el horizonte como el polvo de un incensario; al caer la tarde, se abrían flores de fuego sobré la cruz; y en medio de la noche, a menudo me parecía que todos los seres y todas las cosas, recogidos en el mismo silencio, adoraban conmigo al Señor. ¡Oh, encanto de las oraciones, bienaventuranzas del éxtasis, dones del cielo, en qué os habéis convertido!

Recuerdo un viaje que hice con Ammón, en busca de soledad para fundar monasterios. Era la última noche; andábamos de prisa, susurrando himnos, uno al lado del otro, sin hablar. A medida que el sol bajaba, las dos sombras de nuestros cuerpos se alargaban como dos obeliscos que crecieran cada vez más y que caminaran ante nosotros. Con trozos de nuestros cayados, plantábamos cruces aquí y allá para señalar el lugar de las celdas. La noche tardó mucho en llegar; y negras ondulaciones se extendían por la tierra mientras un inmenso color rosa llenaba todavía el cielo.

Cuando yo era niño, me divertía construyendo ermitas de piedra. Mi madre, junto a mí, me miraba.

Ella me habrá maldecido por mi abandono, arrancándose con ambas manos sus blancos cabellos. Y su cadáver se ha quedado tendido en medio de la cabaña, bajo el techo de cañas, entre los muros que caen. ¡Por un agujero, una hiena resoplando asoma el morro!… ¡Horror!, ¡horror!


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