La tentacion de San Antonio
La tentacion de San Antonio (Solloza).
¡No, AmonarÃa no la habrá abandonado!
¿Dónde está ahora AmonarÃa?
Quizá en el fondo de una estufa va retirando sus vestidos uno tras otro, primero el manto, luego el cinturón, la primera túnica, la segunda más ligera, sus collares; y el vapor del cinamomo envuelve sus miembros desnudos. Se acuesta por fin sobre el tibio mosaico. Sus cabellos alrededor de sus caderas forman como un vellocino negro, y ahogándose un poco en la atmósfera demasiado caliente, respira, doblada la cintura, los dos senos hacia delante. ¡Qué es esto!, ¡mi carne se estremece! En medio de la desdicha la concupiscencia me tortura. ¡Dos suplicios a la vez, es demasiado!
¡Ya no puedo soportar mi persona!
(Se asoma y mira el precipicio).
El hombre que caiga morirá. Nada más fácil, dejarse caer hacia la izquierda; ¡sólo hay que hacer un movimiento!, uno solo.
(Entonces aparece).
UNA MUJER VIEJA.—(ANTONIO se levanta sobresaltado de terror. Cree ver a su madre resucitada. Pero ésta es mucho más vieja, y de una delgadez prodigiosa.