La tentacion de San Antonio

La tentacion de San Antonio

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Un sudario, atado alrededor de su cabeza, cuelga de sus blancos cabellos hasta las piernas, delgadas como palillos. El crujido de sus dientes, color marfil, hace más sombría su piel terrosa. Las órbitas de sus ojos están llenas de tinieblas, y dos llamas vacilan en el fondo, como lámparas de sepulcro).

Avanza —dice—. ¿Qué te retiene?

ANTONIO.—(balbuciendo): ¡Me da miedo cometer un pecado!

ELLA.—(continúa): ¡El rey Saúl se mató! ¡Razias, un justo, se mató! ¡Santa Pelagia de Antioquía se mató! Dominino de Alep[234] y sus dos hijas, otras tres santas, se mataron, y recuerda a todos los confesores que corrían hacia sus verdugos, impacientes ante la muerte. Para alcanzar antes el gozo, las vírgenes de Mileto[235] se estrangulaban con sus cordones. El filósofo Hegesias[236], en Siracusa, la predicaba de tal manera que abandonaban los lupanares para ir a ahorcarse en los campos. Los patricios de Roma se la procuran como diversión.

ANTONIO.—¡Sí, es un amor muy fuerte! Muchos anacoretas sucumben a él.


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