La tentacion de San Antonio
La tentacion de San Antonio El mantel de biso, estriado como las molduras de las esfinges, produce ondulaciones luminosas. Hay encima enormes pedazos de carnes rojas, de grandes pescados, de pájaros con sus plumas, de cuadrúpedos con sus pelos, de frutas de una coloración casi humana; y el fuego se refleja en espejos blancos y jarros de cristal violeta. ANTONIO descubre en medio de la mesa un jabalí humeando por todos sus poros, con las patas bajo el vientre, los ojos medio cerrados; y la idea de poder comer esa bestia formidable le llena de gozo. Además, son cosas que nunca había visto, picadillos negros, gelatinas color de oro, guisados donde flotan champiñones como si fueran nenúfares en estanques, espumas tan ligeras que parecen nubes.
Y el aroma de todo ello le trae el olor salado del Océano, la frescura de las fuentes, el gran perfume de los bosques. Dilata su nariz todo lo que puede; se le hace la boca agua; piensa que con eso tiene para un año, para diez años, ¡para su vida entera!
Mientras pasea por los manjares sus ojos desencajados, otros se acumulan, formando una pirámide cuyos ángulos se desploman. Los vinos empiezan a derramarse, los pescados a palpitar, la sangre hierve en los platos, la pulpa de los frutos avanza como labios enamorados; y la mesa sube hasta su pecho, hasta su barbilla, llevando un solo plato y un solo pan, que se encuentran justo ante su cara.