La tentacion de San Antonio
La tentacion de San Antonio HILARIÓN.—¡He sufrido tanto!
ANTONIO.—(Aparte). ¿Será posible?…
HILARIÓN.—Yo no estaba tan lejos como supones. El ermitaño Pablo[41] te visitó este año durante el mes de Schebar[42]. Hace exactamente veinte dÃas que los nómadas te trajeron pan. Dijiste, anteayer, a un marinero que te trajera tres punzones.
ANTONIO.—¡Lo sabe todo!
HILARIÓN.—Debes saber también que yo nunca te he abandonado. Pero pasas largos perÃodos sin verme.
ANTONIO.—¿Cómo es eso? ¡Es cierto que tengo la cabeza muy turbada! Esta noche especialmente…
HILARIÓN.—Todos los Pecados Capitales han venido. ¡Pero sus mezquinas asechanzas se hacen pedazos contra un santo como tú!
ANTONIO.—¡Oh!, ¡no!…, ¡no! ¡A cada momento, desfallezco! No soy ya uno de esos cuya alma está siempre alerta y tiene el espÃritu firme —como el gran Atanasio, por ejemplo.
HILARIÓN.—Fue ordenado ilegalmente por siete obispos.
ANTONIO.—¡Qué importa!, si su virtud…
HILARIÓN.—¡Vamos!, un hombre orgulloso, cruel, siempre intrigando, y finalmente desterrado por acaparador.
ANTONIO.—¡Calumnia!