La tentacion de San Antonio
La tentacion de San Antonio HILARIÓN.—¡Hipócrita que se hunde en la soledad para entregarse mejor al desenfreno de su concupiscencia! ¡Te privas de carnes, de vino, de calor, de esclavos y de honores; pero cómo dejas que tu imaginación te ofrezca banquetes, perfumes, mujeres desnudas y multitudes aclamándote! ¡Tu castidad no es más que una corrupción más sutil, y ese desprecio del mundo, la impotencia de tu odio contra él! Eso es lo que hace a tus semejantes tan lúgubres, o es quizá porque dudan. La posesión de la verdad proporciona felicidad. ¿Acaso Jesús era triste? Siempre estaba rodeado de amigos, descansaba a la sombra del olivo, entraba en casa del publicano, multiplicaba el vino, perdonaba a la pecadora, curaba todos los dolores. Tú sólo tienes piedad para tu miseria. Es como un remordimiento que te envuelve y una demencia huraña, que te hace hasta rechazar la caricia de un perro o la sonrisa de un niño.
ANTONIO.—(Estalla en sollozos). ¡Basta!, ¡basta!, ¡conmueves demasiado mi corazón!
HILARIÓN.—¡Sacude la miseria de tus harapos! ¡Sal de tu inmundicia! ¡Tu Dios no es un Moloch que pide carne como sacrificio!
ANTONIO.—Sin embargo, el sufrimiento es bendecido. Los querubines se inclinan para recibir la sangre de los confesores.
HILARIÓN.—¡Admira entonces a los montañistas[45]! Superan a todos los demás.