La tentacion de San Antonio

La tentacion de San Antonio

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ANTONIO.—¡Pero la verdad de la doctrina hace al mártir!

HILARIÓN.—¿Cómo puede probar su excelencia, si sirve de testimonio del error?

ANTONIO.—¡Cállate, víbora!

HILARIÓN.—Eso no puede ser tan difícil. Las exhortaciones de los amigos, el placer de insultar al pueblo, el juramento que han hecho, un cierto vértigo, mil circunstancias les ayudan.

(ANTONIO se aleja de Hilarión. Éste le sigue).

Por otra parte, esa forma de morir acarrea grandes desórdenes. Dionisio, Cipriano y Gregorio[46] se libraron de ella. Pedro de Alejandría[47] la condenó, y el concilio de Elvira[48]…

ANTONIO.—(Se tapa los oídos). ¡No escucho más!

HILARIÓN.—(Elevando la voz). Ya vuelves a caer en tu pecado de costumbre, la pereza. La ignorancia es la escoria del orgullo. Basta con decir: «Tengo mi convicción, ¿por qué discutir?», y se desprecia a los doctores, a los filósofos, a la tradición, y hasta el texto de la Ley que se ignora. ¿Crees tener la sabiduría en tu mano?

ANTONIO.—¡Sigo oyéndole! Sus clamorosas palabras llenan mi cabeza.


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