La tentacion de San Antonio

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HILARIÓN.—Los esfuerzos para comprender a Dios son superiores a tus mortificaciones para conmoverle. Sólo tenemos mérito por nuestra sed de Verdad. La Religión sola no explica todo; y la solución de los problemas que desconoces puede hacerla más inatacable y más alta. Entonces lo que hace falta, para su salud, es comunicarse entre los hermanos —o, si no, la Iglesia, la asamblea de fieles, sólo sería una palabra—, y escuchar todas las razones, no rechazar nada, ni a nadie. El hechicero Balaam[49], el poeta Esquilo y su sibila de Cumas habían anunciado al Salvador. Dionisio el Alejandrino recibió del Cielo la orden de leer todos los libros. San Clemente[50] nos ordena el cultivo de las letras griegas. Hermas[51] fue convertido por la ilusión de una mujer que había amado.

ANTONIO.—¡Qué aire de autoridad! Parece como si crecieras…

(En efecto, la estatura de HILARIÓN se ha elevado progresivamente; y ANTONIO, para no verle más, cierra los ojos).

HILARIÓN.—¡Tranquilízate, buen ermitaño!

Sentémonos allí, en esa gran piedra, como antes, cuando en la primera claridad del día te saludaba, y te llamaba «clara estrella de la mañana»: y empezabas en seguida a darme instrucciones. No han acabado. La luna nos ilumina suficientemente. Te escucho.


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