Madame Bovary

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—Su billar, por mucho que usted diga, es más bonito que el de usted; y si, por ejemplo, se les ocurre organizar un campeonato patriótico a favor de Polonia o de las inundaciones de Lyon…

—¡No son los pordioseros como él los que nos asustan! —interrumpió la mesonera, alzando sus gruesos hombros—. ¡Vamos!, ¡vamos!, señor Homais, mientras viva el «León de Oro» la gente seguirá viniendo aquí. Nosotros tenemos el riñón bien cubierto. En cambio, cualquier mañana verá usted el «Café Francés» cerrado y con un hermoso cartel sobre la marquesina. Cambiar mi billar —proseguía hablando consigo misma—, con lo cómodo que me es para colocar mi colada, y donde, en la temporada de caza, he dado cama hasta a seis viajeros… ¡Pero ese remolón de Hivert que no acaba de llegar!

—¿Le espera usted para la cena de esos señores? —preguntó el farmacéutico.

—¿Esperarle? ¡Pues y el señor Binet! Al dar las seis ya le verá usted entrar, pues nadie le iguala en el mundo en cuanto a puntualidad. Tiene que tener siempre su sitio en la salita.



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