Madame Bovary
Madame Bovary —Antes lo matarán que hacerle cenar en otro sitio. ¡Con lo delicado que es!, ¡y tan exigente para la sidra! No es como el señor León, que llega a veces a las siete, incluso a las siete y media; ni siquiera mira lo que come. ¡Qué muchacho más bueno! Jamás dice una palabra más alta que otra.
—Es que hay mucha diferencia, ya se sabe, entre alguien que ha recibido educación y un antiguo carabinero que ahora es recaudador de impuestos.
Dieron las seis. Entró Binet.
VestÃa una levita azul que le caÃa recta por su propio peso, alrededor de su cuerpo flaco, y su gorra de cuero, con orejeras atadas con cordones en la punta de la cabeza, dejaba ver, bajo la visera levantada, una frente calva, deprimida por el use del casco. Llevaba un chaleco de paño negro, un cuello de crin, un pantalón gris, y, en todo tiempo, unas botas bien lustradas que tenÃan dos abultamientos paralelos debidos a los juanetes. Ni un solo pelo rebasaba la lÃnea de su rubia sotabarba que, contorneando la mandÃbula, enmarcaba como el borde de un arriate su larga cara, descolorida, con unos ojos pequeños y una nariz aguileña. Ducho en todos los juegos de cartas, buen cazador y con una hermosa letra, tenÃa en su casa un torno con el que se entretenÃa en tornear servilleteros que amontonaba en su casa, con el celo de un artista y el egoÃsmo de un burgués.