Madame Bovary

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Se dirigió hacia la salita; pero antes hubo que hacer salir a los tres molineros; y durante todo el tiempo que invirtieron en ponerle la mesa, Binet permaneció silencioso en su sitio, cerca de la estufa; después cerró la puerta y se quitó la gorra como de costumbre.

—No son las cortesías las que le gastarían la lengua —dijo el farmacéutico, cuando se quedó a solas con la mesonera.

—Nunca habla más —respondió ella—; la semana pasada vinieron aquí dos viajantes de telas, unos chicos muy simpáticos, que contaban de noche un montón de chistes que me hicieron llorar de risa; bueno, pues él permanecía allí, como un sábalo, sin decir ni palabra.

—Sí —dijo el farmacéutico—, ni pizca de imaginación ni ocurrencias, ¡nada de lo que define al hombre de sociedad!

—Sin embargo, dicen que tiene posibles —objetó la mesonera.

—¿Posibles? —replicó el señor Homais—; ¡él! ¿posibles? Entre los de su clase es probable —añadió, en un tono más tranquilo.

Y prosiguió:


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