Madame Bovary

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—¡Ah!, que un comerciante que tiene relaciones considerables, que un jurisconsulto, un médico, un farmacéutico estén tan absorbidos, que se vuelvan raros a incluso huraños, lo comprendo; se citan sus ocurrencias en las historias. ¡Pero, al menos, es que piensan en algo! A mí, por ejemplo, cuántas veces me ha ocurrido buscar mi pluma encima de la mesa para escribir una etiqueta y comprobar, por fin, que la tenía sobre la oreja.

Entretanto, la señora Lefrançois fue a la puerta a mirar si llegaba «La Golondrina». Se estremeció. Un hombre vestido de negro entró de pronto en la cocina. Se distinguía, en los últimos resplandores del crepúsculo, que tenía la cara rubicunda y el cuerpo atlético.

—¿En qué puedo servirle, señor cura? —preguntó la mesonera al tiempo que alcanzaba en la chimenea uno de los candeleros de cobre que se encontraban alineados con sus velas—. ¿Quiere tomar algo?, ¿un dedo de casis, un vaso de vino?

El eclesiástico rehusó muy cortésmente. Venía a buscar su paraguas, que había olvidado el otro día en el convento de Ernemont, y, después de haber rogado a la señora Lefrançois que se lo enviase a la casa rectoral por la noche, salió para ir a la iglesia, donde tocaban al Ángelus.


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