Madame Bovary

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Cuando el farmacéutico dejó de oír en la plaza el ruido de los zapatos del cura, encontró muy inconveniente su conducta de hacía un instante. Ese rechazo a la invitación de un refresco le parecía una hipocresía de las más odiosas; los curas comían y bebían todos con exceso sin que los vieran, y trataban de volver a los tiempos de los diezmos.

La hotelera tomó la defensa de su cura:

—Además, doblegaría a cuatro como usted bajo su rodilla. El año pasado ayudó a nuestra gente a guardar la paja; llevaba hasta seis haces a la vez, de fuerte que es.

—¡Bravo! —dijo el farmacéutico.

—Mandad hijas a confesarse con mocetones de semejante temperamento. Si yo fuera el gobierno, querría que sangrasen a los curas una vez al mes.

—Sí, señora Lefrançois, todos los meses una amplia sangría por el mantenimiento del orden y de las buenas costumbres.

—¡Cállese ya, señor Homais!, ¡es usted un impío!, ¡usted no tiene religión!

El farmacéutico respondió:


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