Madame Bovary
Madame Bovary —En efecto —observó el pasante de notario—, esas obras que no llegan al corazón, se apartan, me parece, del verdadero fin del arte. Es tan agradable entre los desengaños de la vida poder transportarse con el pensamiento a un mundo de nobles caracteres, afectos puros y cuadros de felicidad. Para mÃ, que vivo aquÃ, lejos del mundo, es mi única distracción. ¡Yonville ofrece tan pocos alicientes!
—Como Tostes, sin duda —replicó Emma—; por eso estaba suscrita a un cÃrculo de lectores.
—Si la señora quiere honrarme usándola —dijo el farmacéutico, que acababa de oÃr estas últimas palabras—, yo mismo tengo a su disposición una biblioteca compuesta de los mejores autores: Voltaire, Rousseau, Delille, Walter Scott, L'Echo des Feuilletons, etc., y recibo, además, diferentes periódicos, entre ellos el Fanal de Rouen, diariamente, con la ventaja de ser su corresponsal para las circunscripciones de Buchy, Forges, Neufchátel, Yonville y los alrededores.
HacÃa dos horas y media que estaban sentados a la mesa, pues la sirvienta Artemisa, que arrastraba indolentemente sus zapatillas de paño por el suelo, traÃa los platos uno a uno, olvidaba todo, no entendÃa de nada y continuamente dejaba entreabierta la puerta del billar, que batÃa contra la pared con la punta de su pestillo.