Madame Bovary
Madame Bovary Sin darse cuenta, mientras hablaba, León había puesto el pie sobre uno de los barrotes de la silla en que estaba sentada Madame Bovary. Llevaba ésta una corbatita de seda azul, que mantenía recto como una gorguera un cuello de batista encañonado; y según los movimientos de cabeza que hacía, la parte inferior de su cara se hundía en el vestido o emergía de él suavemente. Fue así como, uno cerca del otro, mientras que Carlos y el farmacéutico platicaban, entraron en una de esas vagas conversaciones en que el azar de las frases lleva siempre al centro fijo de una simpatía común. Espectáculos de París, títulos de novelas, bailes nuevos, y el mundo que no conocían, Tostes, donde ella había vivido, Yonville, donde estaban, examinaron todo, hablaron de todo hasta el final de la cena.
Una vez servido el café, Felicidad se fue a preparar la habitación en la nueva casa y los invitados se marcharon.
La señora Lefrançois dormía al calor del rescollo, mientras que el mozo de cuadra, con una linterna en la mano, esperaba al señor y a la señora Bovary para llevarlos a su casa. Su cabellera roja estaba entremezclada de briznas de paja y cojeaba de la pierna izquierda. Cogió con su otra mano el paraguas del señor cura y se pusieron en marcha.