Madame Bovary
Madame Bovary El pueblo estaba dormido. Los pilares del mercado proyectaban unas sombras largas. La tierra estaba toda gris, como en una noche de verano.
Pero como la casa del médico se encontraba a cincuenta metros de la posada, tuvieron que despedirse pronto, y la compañía se dispersó.
Emma, ya desde el vestíbulo, sintió caer sobre sus hombros, como un lienzo húmedo, el frío del yeso. Las paredes eran nuevas y los escalones de madera crujieron. En la habitación, en el primero, una luz blanquecina pasaba a través de las ventanas sin cortinas. Se entreveían copas de árboles, y más lejos, medio envuelta en la bruma, la pradera, que humeaba a la luz de la luna siguiendo el curso del río. En medio del piso, todo revuelto, había cajones de cómoda, botellas, barras de cortinas, varillas doradas, colchones encima de sillas y palanganas en el suelo, pues los dos hombres que habían traído los muebles habían dejado todo allí de cualquier manera.