Madame Bovary

Madame Bovary

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Una preocupación mejor vino a distraerle, el embarazo de su mujer. A medida que se acercaba el final él la mimaba más. Era otro lazo de la carne que se establecía y como el sentimiento continuo de una unión más compleja. Cuando veía de lejos su aire perezoso y su talle cimbreándose suavemente sobre sus caderas sin corsé, cuando frente a frente uno del otro la contemplaba todo contento, y ella, sentada en su sillón, daba muestras de fatiga, entonces su felicidad se desbordaba; se levantaba, la besaba, le pasaba las manos por la cara, le llamaba mamaíta, quería hacerle bailar, y decía, medio de risa, medio llorando, toda clase de bromas cariñosas que se le ocurrían. La idea de haber engendrado le deleitaba. Nada le faltaba ahora. Conocía la existencia humana con todo detalle y se sentaba a la mesa apoyado en los dos codos, lleno de serenidad.

Emma primero sintió una gran extrañeza, después tuvo deseos de verse liberada, para saber lo que era ser madre. Pero no pudiendo gastar lo que quería, tener una cuna en forma de barquilla con cortinas de seda rosa y gorritos bordados, renunció a la canastilla en un acceso de amargura, y lo encargó todo de una vez a una costurera del pueblo, sin escoger ni discutir nada. Así que no se entretuvo en esos preparativos en que la ternura de las madres se engolosina, y su cariño maternal se vio desde el principio un tanto atenuado.


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