Madame Bovary
Madame Bovary Las tapias de las huertas, rematadas en sus albardillas con trozos de botellas, estaban calientes como el acristalado de un invernadero. En los ladrillos habían crecido unos rabanillos, y con la punta de su sombrilla abierta, Madame Bovary, al pasar, hacía desgranar en polvo amarillo un poco de sus flores marchitas o alguna rama de madreselvas o de clemátide que colgaban hacia afuera y se arrastraban un momento sobre el vestido de seda enredándose en los flecos.
Hablaban de una compañía de bailarines españoles que iba a actuar en breve en el teatro de Rouen.
—¿Irá usted? —le preguntó ella.
—Si puedo —contestó él.