Madame Bovary

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Regresaron a Yonville siguiendo la orilla del río. En la estación cálida, la ribera, más ensanchada, dejaba descubiertos hasta su base los muros de las huertas, de donde, por unos escalones, se bajaba hasta el río.

El agua discurría mansamente, rápida y aparentemente fría; grandes hierbas delgadas se curvaban juntas encima, siguiendo la corriente que las empujaba, y como verdes cabelleras abandonadas se extendían en su limpidez. A veces, en la punta de los juncos o sobre la hoja de los nenúfares caminaba o se posaba un insecto de patas finas. El sol atravesaba con un rayo las pequeñas pompas azules de las olas que se sucedían rompiéndose; los viejos sauces podados reflejaban en el agua su corteza gris. Más allá, todo alrededor, la pradera parecía vacía.

Era la hora de la comida en las granjas, y la joven y su acompañante no oían al caminar más que la cadencia de sus pasos sobre la tierra del sendero, las palabras que se decían y el roce del vestido de Emma que se propagaba alrededor de ella.





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