Madame Bovary

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—Bueno —repuso la nodriza arrancando suspiros entre cada palabra—, temo que se ponga triste viéndome tomar café sola, ya comprende, los hombres…

—¡Pues lo tendrá —repetía Emma—, se lo daré!…¡Me está cansando!

—¡Ay!, señora, a causa de sus heridas, tiene unos dolores terribles en el pecho. Incluso dice que la sidra le debilita.

—¡Pero acabe de una vez, tía Rolet!

—Pues mire —replicó haciéndole una reverencia—, cuando quiera —y le dirigía una mirada suplicante— un jarrito de aguardiente —dijo finalmente—, y le daré friegas a los pies de su niña, que los tiene tiernecitos como la lengua.

Ya libre de la nodriza, Emma volvió a tomar el brazo del señor León. Caminó deprisa durante algún tiempo; después acortó el paso, y su mirada, que dirigía hacia adelante, encontró el hombro del joven cuya levita tenía un cuello de terciopelo negro. Su pelo castaño le caía encima, lacio y bien peinado. Observó sus uñas, que eran más largas de las que se llevaban en Yonville. Una de las grandes ocupaciones del pasante era cuidarlas; y para este menester tenía un cortaplumas muy especial en su escritorio.


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