Madame Bovary

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Primero jugaban unas partidas de treinta y una; después el señor Homais jugaba al écarté[38] con Emma; León, detrás de ella, daba consejos. De pie y con las manos en el respaldo de la silla, miraba los dientes de su peineta clavada en el moño. A cada movimiento que ella hacía para echar las cartas, su vestido se le subía por el lado derecho. De sus cabellos recogidos bajaba por su espalda un color moreno que, palideciendo gradualmente, se perdía poco a poco en la sombra. Luego, el vestido caía a los dos lados del asiento ahuecándose, lleno de pliegues, y llegaba hasta el suelo. Cuando León a veces sentía posarse encima la suela de su bota, se apartaba, como si hubiera pisado a alguien.

Una vez terminada la partida de cartas, el boticario y el médico jugaban al dominó, y Emma, cambiando de sitio, se ponía de codos en la mesa, a hojear L'Yllustration. Había llevado su revista de modas. León se ponía al lado de ella; miraban juntos los grabados sin volver la hoja hasta que los dos terminaban.

Frecuentemente ella le rogaba que le leyese versos; León los declamaba con una voz cansina, que se iba alternando cuidadosamente en los pasajes de amor. Pero el ruido del dominó le contrariaba; el señor Homais estaba fuerte en este juego y le ganaba a Carlos ahorcándole el seis doble.


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