Madame Bovary

Madame Bovary

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A las ocho, Justino venía a buscarle para cerrar la farmacia. Entonces el señor Homais lo miraba con aire socarrón, sobre todo si estaba allí Felicidad, pues se había dado cuenta de que su pupilo le cobraba afición a la casa del médico.

—Mi mancebo —decía Homais— empieza a tener ideas, y creo, que me lleve el diablo si me equivoco, que está enamorado de la criada de la casa.

Pero un defecto más grave, y que le reprochaba, era el de escuchar continuamente las conversaciones. Los domingos, por ejemplo, no había manera de hacerle salir del salón, adonde la señora Homais le había llamado para que se encargara de los niños, que se dormían en los sillones, estirando con la espalda las fundas de calicó demasiado holgadas.

No venía mucha gente a estas veladas del farmacéutico, pues su maledicencia y sus opiniones políticas habían ido apartando de él a diferentes personas respetables. El pasante no faltaba nunca a la reunión.

Tan pronto oía la campanilla, corría al encuentro de Madame Bovary, le tomaba el chal, y ponía aparte, debajo del mostrador de la farmacia, las gruesas zapatillas de orillo que llevaba sobre su calzado cuando había nieve.


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