Madame Bovary

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Capítulo VI

Una tarde en que sentada junto a la ventana abierta acababa de ver a Lestiboudis, el sacristán, que estaba podando el boj, oyó de pronto tocar al Ángelus.

Era a principios de abril, cuando abren las primaveras; un aire tibio circulaba sobre los bancales labrados, y los jardines, como mujeres, parecían componerse para las fiestas de verano. Por los barrotes del cenador y más allá todo alrededor se veía el río en la pradera dibujando sobre la hierba sinuosidades vagabundas. El vapor de la tarde pasaba entre los álamos sin hojas, difuminando sus contornos con un tueste violeta, más pálido y más transparente que una gasa sutil, prendida de sus ramas. A lo lejos, caminaban unas reses, no se oían ni sus pasos, ni sus mugidos; y la campana, que seguía sonando, propagaba por los aires su lamento pacífico.







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