Madame Bovary
Madame Bovary Algunos que ya habÃan llegado jugaban a las bolas sobre las losas del cementerio. Otros, a caballo sobre la tapia, movÃan sus piernas, segando con sus zuecos las grandes ortigas que crecÃan entre el pequeño recinto y las últimas tumbas. Era el único lugar verde; todo lo demás no era más que piedras, y estaba siempre cubierto de un polvo fino, a pesar de la escoba de la sacristÃa.
Los niños en zapatillas corrÃan allà como sobre un entarimado hecho para ellos, y se oÃan sus gritos a través del resonar de las campanas. Su eco disminuÃa con las oscilaciones de la gruesa cuerda que, cayendo de las alturas del campanario, arrastraba su punta por el suelo. Pasaban unas golondrinas dando pequeños gritos, cortando el aire con su vuelo, y volvÃan raudas a sus nidos amarillos bajo las tejas del alero. En el fondo de la iglesia ardÃa una lámpara, es decir, una mecha de mariposa en un vaso colgado. Su luz, de lejos, parecÃa una mancha blanquecina que temblaba en el aceite. Un largo rayo de sol atravesaba toda la nave y oscurecÃa más las naves laterales y los rincones.
—¿Dónde está el cura? —preguntó Madame Bovary a un chiquillo que se entretenÃa en sacudir el torniquete de la puerta en su agujero demasiado holgado.
—Vendrá enseguida —respondió.