Madame Bovary
Madame Bovary En efecto, la puerta de la casa rectoral rechinó, apareció el padre Bournisien, los niños escaparon en pelotón a la iglesia.
—¡Esos granujas! —murmuró el eclesiástico—, siempre igual.
Y recogiendo un catecismo todo hecho trizas que acababa de pisar:
—¡Ésos no respetan nada!
Pero, tan pronto vio a Madame Bovary, dijo.
—Perdón, no la reconocÃa.
Metió el catecismo en el bolsillo y se paró mientras seguÃa moviendo entre dos dedos la pesada llave de la sacristÃa.
El resplandor del sol poniente que le daba de lleno en la cara palidecÃa la tela de su sotana, brillante en los codos, deshilachada por abajo. Manchas de grasa y de tabaco seguÃan sobre su ancho pecho la lÃnea de los pequeños botones, y aumentaban al alejarse de su alzacuello, en el que descansaban los pliegues abundantes de su piel roja; estaba salpicada de manchas amarillas que desaparecÃan entre los nudos de la barba entrecana. Acababa de cenar y respiraba ruidosamente.
—¿Cómo está usted? —le preguntó él.
—Mal —contesto Emma; no me encuentro bien.