Madame Bovary

Madame Bovary

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Cuando llegó a la plaza del mercado, se detuvo, y se escondió detrás de un pilar, a fin de contemplar por última vez aquella casa blanca con sus cuatro celosías verdes. Creyó ver una sombra detrás de la ventana, en la habitación; pero la cortina, separándose del alzapaño como si nadie la tocara, movió lentamente sus largos pliegues oblicuos, que de un solo salto, se extendieron todos y quedó recta, más inmóvil que una pared de yeso. León echó a correr.

Percibió de lejos, en la carretera, el cabriolé de su patrón y, al lado, a un hombre con delantal que sostenía el caballo. Homais y el señor Guillaumin charlaban entre sí.

—Abráceme —dijo el boticario con lágrimas en los ojos. Tome su abrigo, mi buen amigo; tenga cuidado con el frío. ¡Cuídese, mire por su salud!

—¡Vamos, León, al coche! —dijo el notario.

Homais se inclinó sobre el guardabarros y con una voz entrecortada por los sollozos, dejó caer estas dos palabras tristes:

—¡Buen viaje!

—Buenas tardes, respondió el señor Guillaumin. ¡Afloje las riendas!

Arrancaron y Homais se volvió.

Madame Bovary había abierto la ventana que daba al jardín, y miraba las nubes.


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