Madame Bovary

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Se amontonaban al poniente del lado de Rouen, y rodaban rápidas sus volutas negras, de las que se destacaban por detrás las grandes líneas del sol como las flechas de oro de un trofeo suspendido, mientras que el resto del cielo vacío tenía la blancura de una porcelana. Pero una ráfaga de viento hizo doblegarse a los álamos, y de pronto empezó a llover; las gotas crepitaban sobre las hojas verdes. Después, reapareció el sol, cantaron las gallinas, los gorriones batían sus alas en los matorrales húmedos y los charcos de agua sobre la arena arrastraban en su curso las flores rosa de una acacia.

—¡Ah!, ¡qué lejos debe estar ya! —pensó ella.

El señor Homais, como de costumbre, vino a las seis y media, durante la cena.

—Bueno —dijo sentándose—, ¿así es que acabamos de embarcar a nuestro joven?

—¡Eso parece! —respondió el médico.

Después, volviéndose en su silla:

—¿Y qué hay de nuevo por su casa?

—Poca cosa. Únicamente que mi mujer esta tarde ha estado un poco emocionada. Ya sabe, a las mujeres cualquier cosa les impresiona, ¡y a la mía sobre todo!, y no deberíamos ir en contra de ello, ya que su organización nerviosa es mucho más maleable que la nuestra.

—¡Ese pobre León! —decía Carlos—. ¿Cómo va a vivir a París? ¿Se acostumbrará allí?


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