Madame Bovary

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—Tiene usted razón —interrumpió el boticario—; es el reverso de la medalla y es preciso tener continuamente la mano puesta sobre la cartera. Así, por ejemplo, está usted en un jardín público, supongamos que se le presenta un individuo, bien puesto, incluso condecorado, a quien podría tomar por un diplomático; le aborda; empiezan a hablar; se le insinúa, le invita a una toma de rapé o le recoge su sombrero. Luego intiman más, le lleva al café, le invita a su casa de campo, entre dos copas le presenta a toda clase de conocidos, y las tres cuartas partes de las veces no es más que para robarle su bolsa o para llevarle por malos pasos.

—Es cierto —respondió Carlos—; pero yo pensaba sobre todo en las enfermedades, en la fiebre tifoidea, por ejemplo, que ataca a los estudiantes de provincias.

Emma se estremeció.

—A causa del cambio de régimen de vida —continuó el farmacéutico—, y del trastorno resultante en la economía general. Y además, el agua de París, ¿comprende usted?, las comidas de los restaurantes, todos esos alimentos condimentados acaban por calentar la sangre y no valen, digan lo que digan, un buen puchero. Por mi parte, siempre he preferido la cocina casera: ¡es más sana! Por eso, cuando estudiaba farmacia en Rouen, vivía en una pensión; comía con los profesores.


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