Madame Bovary

Madame Bovary

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Pronto llegó al otro lado del río (era su camino para volver a la Huchette); y Emma lo vio en la pradera, caminando bajo los álamos, moderando la marcha, como alguien que reflexiona.

—¡Es muy guapa! —se decía—; es muy guapa esa mujer del médico. ¡Hermosos dientes, ojos negros, lindo pie, y el porte de una parisina! ¿De dónde diablos habrá salido? ¿Dónde la habrá encontrado ese patán?

El señor Rodolfo Boulanger tenía treinta y cuatro años; era de temperamento impetuoso y de inteligencia perspicaz; habiendo tratado mucho a las mujeres, conocía bien el paño. Aquélla le había parecido bonita; por eso pensaba en ella y en su marido.

—Me parece muy tonto. Ella está cansada de él sin duda. Lleva unas uñas muy sucias y una barba de tres días. Mientras él va a visitar a sus enfermos, ella se queda zurciendo calcetines. Y se aburre, ¡quisiera vivir en la ciudad, bailar la polka todas las noches! ¡Pobre mujercita! Sueña con el amor, como una carpa con el agua en una mesa de cocina. Con tres palabritas galantes, se conquistaría, estoy seguro, ¡sería tierna, encantadora!… Sí, pero ¿cómo deshacerse de ella después?


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