Madame Bovary

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—¿Quién lo mandó venir?, ¡siempre estás importunando al señor y a la señora! Además, los miércoles tu presencia me es indispensable. Hay ahora veinte personas en casa. He dejado todo por el interés que me tomo por ti. ¡Vamos!, ¡vete!, ¡corre!, ¡espérame, y vigila los botes!

Cuando Justino, que estaba vistiéndose, se marchó hablaron un poco de los desvanecimientos. Madame nunca había tenido.

—¡Es extraordinario para una señora! —dijo el señor Boulanger—. Por lo demás, hay gente muy delicada. Así, yo he visto, en un duelo, a un testigo perder el conocimiento, nada más que al ruido de las pistolas que estaban cargando.

—A mí —dijo el boticario— ver la sangre de los demás no me impresiona nada; pero sólo el imaginarme que la mía corre bastaría para causarme desmayos, si pensara demasiado en ello.

Entretanto el señor Boulanger despidió a su criado aconsejándole que se tranquilizase, puesto que su capricho había sido satisfecho.

—Me ha dado ocasión de conocerles a ustedes —añadió.

Y miraba a Emma al pronunciar esta frase.

Después depositó tres francos en la esquina de la mesa, se despidió fríamente y se fue.


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