Madame Bovary
Madame Bovary Entonces las contrapartidas del placer, entrevistas en perspectiva, le hicieron, por contraste, pensar en su amante. Era una actriz de Rouen a la que él sostenÃa; y cuando se detuvo en esta imagen, de la que hasta en el recuerdo estaba hastiado, pensó:
—¡Ah!, Madame Bovary es mucho más bonita que ella, más fresca sobre todo. Virginia, decididamente, empieza a engordar demasiado. Se pone tan pesada con sus diversiones. Y, además, ¡qué manÃa con los camarones!
El campo estaba desierto, y Rodolfo no oÃa a su alrededor más que el leve temblor de las hierbas que rozaban su calzado junto con el canto de los grillos agazapados bajo las avenas; volvÃa a ver a Emma en la sala, vestida como la habÃa visto, y la desnudaba.
—¡Oh! —exclamó, aplastando de un bastonazo un terrón que habÃa delante de él.
Y enseguida examinó la parte polÃtica de la empresa. Se preguntaba:
—¿Dónde encontrarse? ¿Por qué medio? Tendremos continuamente al crÃo sobre los hombros, y a la criada, los vecinos, el marido, toda clase de estorbos considerables. ¡Ah, bah! —dijo —, ¡se pierde demasiado tiempo!
Después volvió a empezar:
—¡Es que tiene unos ojos que penetran en el corazón como barrenas! ¡Y ese cutis pálido!… ¡Yo, que adoro las mujeres pálidas!.