Madame Bovary

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En aquel momento el coche del consejero salió del mesón. Su cochero, que estaba borracho, se adormeció de pronto; y de lejos se veía por encima de la capota, entre las dos linternas, la masa de su cuerpo que se balanceaba de derecha a izquierda según los vaivenes del coche.

—¡En verdad —dijo el boticario—, deberíamos ser severos contra la embriaguez! Yo quisiera que se anotasen semanalmente en la puerta del ayuntamiento, en una pizarra ad hoc, los nombres de todos aquellos que durante la semana se hubieran intoxicado de alcohol. Además, para las estadísticas, tendríamos allí como unos anales patentes a los que se acudiría si fuera preciso… Pero perdonen.

Y corrió de nuevo hacia el capitán.

Éste regresaba a su casa. Iba a revisar su torno.

—Quizás no sería malo —le dijo Homais— que enviase a uno de sus hombres o que fuese usted mismo…

—¡Déjeme ya tranquilo! —contestó el recaudador—, ¡si no pasa nada!

—Tranquilícense —dijo el boticario, cuando volvió junto a sus amigos.

El señor Binet me ha asegurado que se habían tomado las medidas. No caerá ninguna pavesa. Las bombas están llenas. Vámonos a dormir.


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