Madame Bovary
Madame Bovary Emma se quedó unos minutos con aquel grueso papel entre sus dedos. Las faltas de ortografía enlazaban unas con otras, y Emma estaba absorbida por el dulce pensamiento que cacareaba por todas partes como una gallina medio escondida en un seto de espinos. Habían secado la tinta con las cenizas del las, pues un poco de polvo gris resbaló de la carta a su vestido y ella casi creyó ver a su padre inclinándose hacia el fogón para coger las tenazas. ¡Cuánto tiempo hacía que ella no estaba a su lado, en el taburete, en la chimenea, quemando la punta de un palo en la gran llama de los juncos marinos que chisporroteaban!… Recordó las tardes de verano todas llenas de sol. Los potros relinchaban cuando se pasaba junto a ellos, y galopaban, galopaban… Bajo su ventana había una colmena, y a veces las abejas, revoloteando alrededor de la luz, golpeaban contra los cristales como balas de oro que rebotaban. ¡Qué felicidad en aquellos tiempos!, ¡qué libertad!, ¡qué esperanza!, ¡cuántas ilusiones! ¡Ya no quedaba nada de aquello ahora! Lo había gastado en todas las aventuras de su alma, en todas las situaciones sucesivas, en la virginidad, en el matrimonio y en el amor, habiéndolas perdido continuamente a lo largo de su vida, como un viajero que deja algo de su riqueza en todas las posadas del camino.