Madame Bovary
Madame Bovary ¿Pero quién la hacÃa tan desgraciada?, ¿dónde estaba la catástrofe extraordinaria que la habÃa trastornado? Y levantó la cabeza, mirando a su alrededor, como para buscar la causa de lo que le hacÃa sufrir.
Un rayo de abril tornasolaba las porcelanas de la estanterÃa; el fuego ardÃa; ella sentÃa bajo sus zapatillas la suavidad de la alfombra; el dÃa estaba claro, la atmósfera tibia, y oyó a su hija que se reÃa a carcajadas.
En efecto, la niña se estaba revolcando en el prado, en medio de la hierba que segaban. Estaba echada boca abajo, en lo alto de un almiar. Su muchacha la sostenÃa por la falda. Lestiboudis rastrillaba al lado, y cada vez que se acercaba, la niña se inclinaba haciendo esfuerzos inútiles con sus bracitos.
—¡Tráigamela! —dijo su madre, precipitándose para besarla—. ¡Cuánto te quiero, pobre hija mÃa! ¡Cuánto te quiero!
Después, dándose cuenta de que tenÃa la punta de las orejas un poco sucias, llamó enseguida para que le trajesen agua caliente, y la limpió, le cambió de ropa interior, medias, zapatos, hizo mil preguntas sobre su salud, como si regresara de viaje, y, por fin, volviendo a besarla y lloriqueando, la dejó en brazos de la criada, que permanecÃa boquiabierta ante estos excesos de ternura.