Madame Bovary

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Y bajó a contar el resultado a cinco o seis curiosos que estaban en el patio, y que se imaginaban que Hipólito iba a reaparecer caminando normal. Después Carlos, una vez encajada la pierna del enfermo en el motor mecánico, se volvió a su casa, donde Emma, toda ansiosa, le esperaba a la puerta. Se le echó al cuello; se sentaron a la mesa; él comió mucho, a incluso quiso, a los postres, tomar una taza de café, exceso que únicamente se permitía los domingos cuando había invitados.

Pasaron una velada encantadora, en animada conversación, haciendo proyectos comunes. Hablaron de su fortuna futura, de mejoras que introducir en su casa; él veía extender su reputación, aumentar su bienestar, teniendo siempre el cariño de su mujer; y en ella se encontraba feliz de renovarse con un sentimiento nuevo, más sano, mejor, en fin, de sentir, alguna ternura por aquel pobre chico que la quería con locura. La idea de Rodolfo se le pasó un momento por la cabeza; pero sus ojos se pusieron sobre Carlos; ella notó incluso con sorpresa que no tenía los dientes feos.

Estaban en la cama cuando el señor Homais, sin hacer caso de la cocinera, entró de pronto decidido en la habitación, llevando en la mano un papel recién escrito. Era la noticia que destinaba al Fanal de Rouen. Se la traía para leérsela.

—Lea usted mismo, señor Bovary.

Él leyó:


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