Madame Bovary

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Con muchas precauciones, para no perturbar la posición del miembro, le retiraron la caja y apareció un espectáculo horroroso. Las formas del pie desaparecían en una hinchazón tal que toda la piel parecía que iba a reventar y estaba cubierta de equimosis ocasionadas por la famosa máquina. Hipólito ya se había quejado de los dolores; no le habían hecho caso; hubo que reconocer que no estaba equivocado del todo; y le dejaron libre algunas horas. Pero apenas desapareció un poco el edema, los dos sabios juzgaron conveniente volver a meter el miembro en el aparato, y apretándolo más para acelerar las cosas. Por fin, al cabo de tres días, como Hipólito ya no podía aguantar más, le quitaron de nuevo el aparato y se asombraron del resultado que vieron. Una tumefacción lívida se extendía por toda la pierna, con flictenas, acá y allá, de las que salía un líquido negro. Aquello tomaba un cariz serio. Hipólito comenzaba a preocuparse, y la tía Lefrançois le instaló en una salita, cerca de la cocina, para que al menos tuviese alguna distracción. Pero el recaudador, que cenaba allí todas las noches, se quejó amargamente de semejante vecindad. Entonces trasladaron a Hipólito a la sala de billar.





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