Madame Bovary
Madame Bovary Homais sufría escuchando este discurso, y disimulaba su desasosiego bajo una sonrisa de cortesano, poniendo cuidado en tratar bien al señor Canivet, cuyas recetas llegaban a veces hasta Yonville. Por eso no salió en defensa de Bovary, ni siquiera hizo observación alguna, y, dejando a un lado sus principios, sacrificó su dignidad a los intereses más serios de su negocio.
Fue un acontecimiento importante en el pueblo aquella amputación de pierna por el doctor Canivet. Todos los habitantes, aquel día, se habían levantado más temprano y la Calle Mayor, aunque llena de gente, tenía algo lúgubre como si se tratara de una ejecución capital. Se discutía en la tienda de comestibles sobre la enfermedad de Hipólito; los comercios no vendían nada, y la señora Tuvache, la mujer del alcalde, no se movía de la ventana, por lo impaciente que estaba de ver llegar al operador.
Llegó en su cabriolet, conducido por él mismo. Pero como la ballesta del lado derecho había cedido a todo lo largo, bajo el peso de su corpulencia, resultó que el coche se inclinaba un poco al correr, y sobre el otro cojín, al lado del doctor, se veía una gran caja forrada de badana roja, cuyos tres cierres de cobre resplandecían de brillo.